En septiembre de 1999, Eyes Wide Shut llegó a Venecia. Stanley Kubrick llevaba seis meses muerto y su última película comenzaba a caminar sola por el mundo. Desde entonces han pasado 27 años y, curiosamente, aquella historia sobre un matrimonio en crisis, celos y fantasías sexuales terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: una de las películas más misteriosas, discutidas y conspirativas de la historia del cine.
La historia comienza con Bill y Alice Harford, un matrimonio aparentemente perfecto que una noche descubre que, debajo de la tranquilidad doméstica, existen deseos que nunca habían sido confesados. Alice revela una fantasía sexual y Bill sale de casa. Lo que parece una crisis matrimonial se convierte entonces en una travesía nocturna por un mundo de prostitutas, muertos, dinero, deseo y, finalmente, una mansión donde una sociedad de hombres y mujeres enmascarados celebra un extraño ritual. Es donde comienza el verdadero misterio.
Bill llega hasta aquel lugar gracias a una contraseña: Fidelio.
La palabra no es casual. Fidelio es la única ópera compuesta por Beethoven y cuenta la historia de una mujer que se disfraza para entrar en una prisión y rescatar a su esposo. En la película, esa palabra —relacionada con fidelidad— funciona como llave para entrar en un lugar donde precisamente la fidelidad parece no tener demasiada importancia.
Kubrick coloca la primera pieza del rompecabezas, después viene la máscara.
Bill necesita una para entrar. No puede presentarse con su rostro verdadero. Las máscarasvenecianas tienen una larga tradición asociada con el anonimato, el Carnaval y la posibilidad de abandonar temporalmente la identidad social. En Eyes Wide Shut, sin embargo, el significado parece adquirir otra dimensión: todos esconden el rostro porque todos tienen algo que ocultar.
En aquella élite, tener poder significa no ser reconocido.
La escena de la mansión es una de las más hipnóticas del cine de Kubrick. Las mujeres forman un círculo. Los hombres aparecen vestidos con túnicas oscuras. Hay velas, movimientos perfectamente coreografiados y una figura central vestida de rojo, cubierta también por una máscara.
No parece una fiesta, todo indica que es un ritual, acompañado de algo aún más extraño: la música.
Jocelyn Pook compuso Masked Ball utilizando una grabación de una liturgia ortodoxa rumana que fue reproducida al revés. Lo que originalmente era una oración religiosa se convierte, al invertirse, en una voz oscura e incomprensible que acompaña la ceremonia.
Mientras hombres y mujeres enmascarados participan en una ceremonia sexual.
Kubrick no necesitó llamar a aquello una misa negra. La puesta en escena consigue que parezca una especie de liturgia invertida, una ceremonia religiosa despojada de lo sagrado.
A lo largo de los años, espectadores e investigadores han encontrado en la escena referencias a rituales iniciáticos, simbolismos ocultistas e incluso códigos masónicos. El círculo, las capas, la estructura jerárquica, las velas, el personaje que dirige la ceremonia y la separación entre quienes están dentro y quien llega como intruso permiten esas lecturas.
Pero hay que decirlo: una interpretación simbólica no es una prueba de que Kubrick estuviera filmando una ceremonia masónica real.
Aunque resulta difícil no preguntarse por qué eligió precisamente esos elementos; puesto que todo parece obedecer a un código:
Hay una contraseña para entrar, vestimenta determinada, una máscara, una ceremonia. Hay una autoridad, reglas y hay un castigo para quien las rompe.
Bill cree que consiguió entrar, pero en realidad solamente consiguió cruzar una primera frontera. Cuando descubren que es un intruso, le exigen otra contraseña. Ya no la conoce.
Entonces la mujer que lo había advertido se ofrece a sacrificarse por él. Es cuando aparece uno de los momentos más inquietantes de la cinta: a Bill le quitan la máscara.
Todos permanecen ocultos, a él lo obligan a mostrar el rostro. En un mundo construido sobre el anonimato, mostrar la cara equivale a quedar señalado.
¿No es precisamente eso lo que ocurre cuando alguien intenta descubrir un secreto de quienes tienen poder?
Hay otro detalle que durante años ha alimentado el imaginario conspirativo alrededor de la película: la mansión utilizada para representar Somerton fue Mentmore Towers, una magnífica propiedad inglesa vinculada históricamente a la familia Rothschild.
¿Es una prueba de que Kubrick estaba hablando de las élites financieras? No.
¿Es un dato que alimenta la lectura conspirativa de la película? Indudablemente.
Y Kubrick parecía disfrutar precisamente de esa zona donde una imagen puede ser perfectamente inocente y, al mismo tiempo, cargarse de significado.
Hasta el nombre de la tienda donde Bill compra el disfraz resulta sugestivo: Rainbow Fashions. Arcoíris.
La película está llena de luces navideñas. Rojo, verde, azul, dorado. La ciudad parece iluminada como un sueño. Pero mientras afuera están las luces de Navidad, dentro de la mansión encontramos oscuridad, máscaras, sexo, jerarquías y secretos.
Navidad representa nacimiento, familia, celebración. Kubrick coloca en medio de ese paisaje una ceremonia que parece representar exactamente lo contrario: anonimato, deseo, transgresión y poder.
¿Casualidad? Tal vez. Pero en una película de Kubrick, la casualidad siempre resulta sospechosa.
Y entonces aparece el personaje de rojo.
Es él quien dirige el ritual. Se mueve con autoridad, sin necesidad de levantar la voz. Los demás obedecen. Hay quienes han visto en él una figura religiosa invertida; otros lo relacionan con el imaginario del Carnaval, el poder o determinadas figuras de autoridad.
Kubrick no explica nada, solamente lo coloca en el centro y nos deja mirar.
Tal vez ahí está la genialidad de Eyes Wide Shut: no nos dice que estamos frente a una sociedad secreta; construye una escena que se comporta como una.
No conocemos sus integrantes, no sabemos quién los invitó, no conocemos sus jerarquías, no sabemos qué sucede cuando las puertas se cierran. Solamente sabemos que Bill no pertenece allí y eso basta para despertar nuestra curiosidad.
Porque las sociedades secretas tienen algo que fascina al ser humano desde hace siglos: la posibilidad de que exista un mundo paralelo, invisible para la mayoría, donde unos cuantos poseen información, códigos y privilegios que los demás desconocemos.
Kubrick convirtió esa fantasía en cine y después murió.
El 7 de marzo de 1999, apenas unos días después de haber mostrado una versión prácticamente terminada de la película a personas clave de Warner Bros, Tom Cruise y Nicole Kidman, Stanley Kubrick murió de un ataque cardíaco; y ahí nació otra historia.
Se habló de escenas modificadas después de su muerte, de material que quedó fuera, de minutos desaparecidos y de supuestas imágenes que habrían revelado todavía más sobre aquella sociedad secreta. Con el paso de los años, esas versiones se mezclaron con una teoría mucho más oscura: que Kubrick había descubierto algo sobre las élites y que Eyes Wide Shut era su manera de dejarlo al descubierto.
No existe evidencia sólida que permita afirmar que Kubrick fue asesinado por revelar una sociedad secreta. Pero el mito sobrevivió y quizá sobrevivió porque la propia película parece diseñada para que sospechemos.
Probablemente, Kubrick no estaba revelando a los poderosos, tal vez, estaba hablando del poder que ejercen los secretos; del poder que tiene el dinero; del poder del deseo; del poder de una máscara; del poder de pertenecer a un grupo al que otros no pueden entrar.
El genio del séptimo arte, tal vez nos muestra algo todavía más antiguo: nuestra necesidad de imaginar que, detrás de las puertas cerradas, existe una verdad que alguien se esfuerza por mantener oculta. Eso es fascinante.
Después de ver Eyes Wide Shut, nadie puede demostrar que exista esa sociedad secreta. Pero tampoco puede dejar de preguntarse qué habría visto Bill si hubiera permanecido un minuto más dentro de aquella mansión.
El último juego de Kubrick puede ser no mostrarnos el secreto y, con ello, hacernos desear descubrirlo.
La cinta no nos da explicaciones, ni responde preguntas… solamente las expone y nos hacen sospechar que podemos llevar toda la vida mirando sin ver.
*ARD
