Starship

20 minutos sin respuesta: ¿quién decide en Marte con una IA? Conferencia magistral en la BUAP

La distancia obligará a las tripulaciones a resolver emergencias sin esperar órdenes desde la Tierra.
Redacción | 29 Agosto, 2026
Cuerpo

 

En Marte, una emergencia no puede depender de una llamada inmediata a la Tierra. Si un astronauta sufre una crisis médica, falla el soporte vital o comienza a escasear un recurso esencial, una señal enviada a Control de Misión puede tardar hasta 20 minutos en llegar en un solo sentido. Para entonces, la tripulación probablemente ya tuvo que decidir qué hacer.

Ese escenario coloca a la inteligencia artificial frente a un dilema que va mucho más allá de la capacidad tecnológica: una IA podría analizar signos vitales, detectar fallas, calcular recursos disponibles y recomendar en segundos una respuesta, pero alguien deberá definir hasta dónde puede actuar por sí misma y quién tendrá la última palabra cuando una vida esté en riesgo.

La pregunta fue llevada a la BUAP por Cecilia Guadalupe Torres Perea, investigadora aeroespacial mexicana, psicóloga y estudiante de Ingeniería Aeronáutica, durante la conferencia magistral “¿Quién toma las decisiones en el espacio profundo? Ética y autonomía de la IA en misiones tripuladas”, realizada en el salón Candiles del edificio Carolino y organizada por Aura. Inteligencia Artificial y Ética Algorítmica.

 

En Marte no habrá tiempo para preguntar todo a la Tierra

El funcionamiento de las misiones espaciales tripuladas actuales todavía depende en gran medida de equipos de especialistas ubicados en Tierra.

Ese modelo comienza a romperse cuando una nave se aleja millones de kilómetros.

NASA identifica la distancia de la Tierra como uno de los grandes riesgos de una futura misión humana a Marte. Un viaje completo podría mantener a los astronautas fuera del planeta durante aproximadamente tres años, con capacidades limitadas de reabastecimiento, evacuación y comunicación inmediata.

La señal puede tardar hasta unos 20 minutos en recorrer el trayecto en una sola dirección.

Eso significa que enviar una pregunta y recibir posteriormente una respuesta puede tomar decenas de minutos.

El problema deja de ser abstracto cuando lo que está en juego es una emergencia.

Un astronauta podría sufrir una hemorragia, una reacción médica grave o una pérdida repentina de conciencia. También podrían fallar los sistemas encargados del oxígeno, la energía o la presión de una nave.

En esas circunstancias, Control de Misión ya no puede funcionar como una voz que responde inmediatamente desde Houston.

 

NASA prepara medicina que pueda funcionar sin contacto inmediato

La necesidad de tomar decisiones lejos de la Tierra ya forma parte de la investigación espacial.

NASA desarrolló el proyecto Autonomous Medical Operations (AMO) para estudiar sistemas capaces de ampliar las capacidades médicas de los propios astronautas cuando estén fuera de contacto directo con especialistas terrestres.

El concepto contempla software de apoyo capaz de ayudar a una tripulación a diagnosticar y atender una emergencia médica sin esperar el consejo retrasado desde la Tierra.

Eso no significa dejar automáticamente la salud de los astronautas en manos de una máquina.

NASA estableció que este tipo de sistema no fue concebido para sustituir al responsable médico de la tripulación, sino para proporcionarle recomendaciones, información y procedimientos que le permitan actuar.

Los trabajos posteriores sobre Earth-Independent Medical Operations avanzan en la misma dirección: integrar datos de sensores, diagnósticos, información ambiental y herramientas de entrenamiento para aumentar de manera gradual y segura la autonomía médica de las futuras tripulaciones rumbo a Marte.

 

Una IA podría saber qué hacer antes que los astronautas

Aquí comienza el dilema más complejo.

Una IA conectada a los sistemas de la nave podría vigilar permanentemente frecuencia cardiaca, oxígeno, temperatura, presión, medicamentos disponibles, energía, agua y reservas de soporte vital.

Ante una emergencia podría cruzar esas variables prácticamente de inmediato.

También podría comparar síntomas con miles de escenarios médicos, calcular cuánto recurso queda disponible y advertir qué consecuencias tendría cada alternativa.

En determinadas circunstancias, la máquina podría detectar un problema antes que la propia tripulación.

Pero saber qué opción tiene matemáticamente mayor probabilidad de éxito no significa necesariamente tener el derecho de ejecutarla.

¿Debe una IA limitarse a recomendar?

¿Puede administrar automáticamente un tratamiento?

¿Puede cerrar un módulo si considera que mantenerlo abierto pone en peligro a toda la nave?

¿Puede priorizar recursos cuando no alcanzan para todos?

Son preguntas que obligan a separar capacidad técnica de autoridad.

 

¿Qué ocurre cuando el humano y la IA no están de acuerdo?

Supongamos que la IA recomienda administrar un medicamento y el responsable médico considera que el diagnóstico es incorrecto.

El astronauta decide ignorarla.

Si el paciente muere, surge la primera pregunta: ¿quién fue responsable de la decisión?

El escenario contrario plantea otro problema.

La tripulación sigue una recomendación automática y posteriormente se descubre que el sistema interpretó mal un sensor o trabajó con datos incompletos.

Entonces la responsabilidad podría repartirse entre quienes programaron el algoritmo, quienes diseñaron el sistema, la organización que autorizó su utilización y los astronautas que aceptaron la recomendación.

La exploración espacial profunda obliga así a resolver algo que también empieza a discutirse en la Tierra: una IA puede participar en una decisión sin convertirse automáticamente en responsable moral de sus consecuencias.

En Marte, esa discusión ocurrirá a millones de kilómetros de cualquier tribunal, hospital o centro de control.

 

Una IA tendría que explicar por qué propone una decisión

La autonomía tampoco puede construirse únicamente alrededor de la precisión matemática.

NASA cuenta con un marco ético que establece seis principios para sus sistemas de inteligencia artificial: deben ser justos; explicables y transparentes; responsables; seguros; centrados en las personas y socialmente beneficiosos; y científicamente y técnicamente robustos.

La explicabilidad adquiere un peso particular en una nave.

No bastaría con que una pantalla mostrara: “abandone este módulo”.

El comandante tendría que entender qué detectó la IA, cuáles fueron los datos utilizados, qué riesgo encontró y por qué esa alternativa ofrece mejores probabilidades que las demás.

Lo mismo ocurriría con una decisión médica.

Un astronauta necesitaría conocer qué síntomas condujeron al diagnóstico y por qué el sistema recomienda determinado procedimiento.

La confianza en una IA espacial dependerá también de la capacidad de la máquina para explicar sus recomendaciones.

 

La psicología será tan importante como los algoritmos

El cruce profesional de Torres Perea entre psicología e ingeniería aeronáutica apunta hacia otra pieza del problema.

Los astronautas no utilizarán estos sistemas en condiciones ideales.

Una misión a Marte implicará aislamiento, confinamiento, jornadas prolongadas, estrés, distancia extrema de familiares y la imposibilidad de regresar rápidamente si algo sale mal.

NASA considera que la distancia de la Tierra obliga precisamente a aumentar la autosuficiencia y capacidad de planificación de la tripulación.

Una IA que opere en ese ambiente tendrá que comunicarse con seres humanos cansados, presionados o emocionalmente afectados.

También deberá evitar dos extremos.

El primero sería que los astronautas desconfíen tanto del sistema que ignoren recomendaciones correctas.

El segundo, que terminen dependiendo excesivamente de la automatización y acepten sus conclusiones sin cuestionarlas.

La relación entre humano y máquina se convierte así en parte de la seguridad de la misión.

 

La autonomía deberá crecer poco a poco

NASA ya plantea que la independencia médica para las misiones a Marte debe aumentar gradualmente y de manera segura.

Los modelos de operaciones independientes de la Tierra incluyen decisiones sobre emergencias, tratamientos prolongados, administración de insumos y manejo de la carga de trabajo de los astronautas.

No todas esas decisiones necesitan el mismo nivel de automatización.

Una computadora puede supervisar permanentemente variables y generar una alerta sin pedir permiso.

Puede recomendar una intervención y esperar autorización.

También podría existir una categoría muy limitada de acciones automáticas cuando el tiempo de reacción humano resulte insuficiente, siempre que esos límites hayan sido definidos antes del lanzamiento.

El problema ético está precisamente en establecer dónde termina cada nivel de autonomía.

 

Starship acerca el debate, pero aún está en desarrollo

La conferencia también abordó el avance de Starship de SpaceX y las perspectivas de nuevas misiones humanas.

El proyecto representa una pieza relevante de la nueva arquitectura espacial, pero todavía permanece en desarrollo y pruebas.

NASA trabaja con SpaceX en Starship Human Landing System (HLS) y durante 2026 ha continuado los ensayos relacionados con Starship y Super Heavy para desarrollar capacidades destinadas a futuras operaciones lunares.

El calendario Artemis también fue modificado.

Artemis III está prevista para 2027 como una misión tripulada de demostración en órbita terrestre baja, donde se probarán sistemas y capacidades de encuentro y acoplamiento con uno o ambos alunizadores comerciales desarrollados por SpaceX y Blue Origin.

NASA mantiene actualmente Artemis IV para 2028 como la primera misión de esta nueva arquitectura destinada a llevar nuevamente astronautas a la superficie lunar.

Por ello, Starship todavía no puede describirse como un vehículo que ya realiza misiones privadas tripuladas de forma operativa.

 

La Luna será una prueba antes de Marte

El regreso humano a la superficie lunar no representa el final de este proceso.

La Luna servirá como escenario para desarrollar tecnologías que posteriormente podrán utilizarse en misiones mucho más lejanas.

Allí pueden probarse sistemas de soporte vital, vehículos, comunicaciones, operaciones de larga duración y procedimientos donde las tripulaciones tengan mayor independencia.

Marte lleva ese problema a otra escala.

La distancia elimina la posibilidad de una evacuación rápida y vuelve impracticable la telemedicina terrestre en tiempo real. NASA lleva años estudiando precisamente la transición hacia sistemas médicos capaces de funcionar con mucha mayor autonomía local.

Por eso la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta fundamental antes incluso de que un ser humano pise el planeta rojo.

 

El reto será decidir cuánto poder entregarle a una máquina

La exploración espacial moderna todavía es joven frente a la historia humana.

Torres Perea planteó durante su conferencia que quizá dentro de 200 años la humanidad pueda convertirse en una especie interplanetaria. La idea funciona como una proyección sobre el futuro, no como un calendario científico establecido.

Antes de alcanzar ese escenario habrá que resolver problemas de propulsión, radiación, alimentación, medicina, psicología y supervivencia.

La inteligencia artificial agrega uno más.

No bastará con desarrollar máquinas capaces de tomar buenas decisiones. Habrá que decidir cuáles estamos dispuestos a permitirles tomar.

En Marte, una IA podría saber en segundos qué alternativa ofrece la mayor probabilidad de supervivencia.

Pero determinar quién puede ejecutarla, quién puede rechazarla y quién responde cuando algo sale mal seguirá siendo una decisión profundamente humana.